octubre 22, 2008

Sri Lanka

He recibido fuertes quejas, comentarios irónicos y escépticos y hasta una que otra amenaza por haber descuidado mi blog de esta manera. Para tratar de -empezar a- remediarlo, presento para ustedes algo de lo que ha estado absorbiendo la mayor parte de mi atención y tiempo los últimos meses y que no va a dejar de hacerlo por otros tantos...


Tabula Asiae

En Toronto, en la pared de mi hermano, están los mapas falsos. Viejos retratos de Ceilán. El resultado de observaciones, atisbos de embarcaciones comerciantes, las teorías del sextante. Las siluetas varían tanto que parecen traducciones –de Ptolomeo, Mercator, François Valentyn, Mortier y Heydt– en progresión, desde las formas míticas hasta la ineludible precisión. Amiba, luego sólido rectángulo y después la isla tal y como la conocemos ahora, un arete colgando de la oreja de la India. A su alrededor, un océano cardado en azul, atareado con delfines e hipocampos, querubines y brújulas. Ceilán flota sobre el oceáno Índico y ostenta sus candorosas montañas, dibujos de casuarios y jabalíes que, sin perspectiva, saltan a través del ‘desertum’ y del llano imaginarios.

En el borde de los mapas, una franja enrollada muestra feroces elefantes calzados, una reina blanca ofreciendo un collar a algunos indígenas que llevan colmillos y una caracola, un rey moro que se alza en entre el poderío de los libros y la armadura. En la esquina suroeste de algunos planos cartográficos hay sátiros, pezuñas profundamente enterradas en la espuma, escuchando el sonido de la isla, sus colas se retuercen en las olas.

Los mapas revelan rumores de topografía, las rutas de invasiones y comercio, y la mentalidad loca y oscura de las historias de viajeros aparece en varios registros árabes y chinos y medievales. La isla sedujo a toda Europa. Los portugueses. Los holandeses. Los ingleses. Y así fue que su nombre cambió, al igual que su silueta –Serendip, Ratnapida (“isla de gemas”), Taprobane, Zeloan, Zeilan, Seyllan, Ceilon y Ceylon–, la esposa de muchos matrimonios, cortejada por invasores que desembarcaron y reclamaron todo con el poder de sus espadas o biblia o lengua.

Este arete, una vez que su silueta dejó de moverse, se convirtió en espejo. Fingió reflejar cada poder europeo hasta que llegaron nuevos navíos y regaron sus nacionalidades, algunas de las cuales permanecieron y se casaron entre sí. Mi propio antepasado llegó en 1600, un doctor que curó a la hija del gobernador residente con una hierba extraña y fue recompensado con tierra, una esposa extranjera y un apellido nuevo, la versión ortográfica holandesa del que ya tenía. Ondaatje. Una parodia de la lengua reinante. Y cuando murió su esposa holandesa, se casó con una mujer cingalesa, tuvo nueve hijos y se quedó. Aquí. En el centro del rumor. En este punto del mapa.

2 comentarios:

Lear dijo...

Con la calidad de este regreso uno desearía malamente otra desaparición sólo para disfrutar, de nuevo, de una cosa así. Habría de escribirse otro capítulo en esa historia luego de tsunami.

Por cierto, ¡ya volví a esto de la red! Saludos.

Carmina Cardamomo dijo...

Lear!

Muchas gracias por el comentario halagador e inspirador. Trataré de postear de nuevo lo más pronto posible para que no andes con malos deseos.

Por otra parte... bienvenido!!! Será un gusto volverte a leer, ahora en versión gabách...